miércoles, 3 de junio de 2009

UN LIBRO ABIERTO SOBRE UN CABALLETE


Hablar de Couve y de su obra puede resultar una labor un tanto compleja. Debido a que la información disponible respecto a su figura aún no ha sido bien sistematizada y los estudios serios y profundos de su obra son escasos. Para reconstruir su imagen es necesario recurrir a artículos de diarios y revistas, entrevistas, anécdotas de gente que lo conoció, etc.
Es difícil también, porque Couve aparece totalmente distanciado del desarrollo de las letras en Chile, como “un Quijote de nuestra novela”, o como “un duende por lo inesperado, por lo solitario, como una presencia de otra especie”. Su labor siguió por caminos diferentes -y quizás más arduos- que los del resto de sus compañeros de profesión, “Desde la publicación de sus primeras novelas -breves, recortadas, violentamente sintéticas- la prosa de Couve señala su marginalidad con respecto a la escritura de sus contemporáneos”. Es así como se puede relacionar al escritor con figuras como Juan Emar o María Luisa Bombal, quienes se diferenciaron también notoriamente de sus coetáneos, y al igual que Couve no es posible enmarcarlos taxativamente dentro de criterios generacionales o epocales. Si bien por su fecha de nacimiento y período en que escribe, Couve podría pertenecer a la generación post-boom latinoamericano, nunca adhirió ni se sintió parte de esa tendencia.
Por otro lado, dentro del movimiento más global de las letras hispanoamericanas actuales, y en el cual Chile como país se encuentra bastante al margen, la obra de Couve parece encontrar un lugar más propicio. Ésta, puede ser comprendida como parte de los discursos de la fragmentariedad. Correspondiente a los rasgos enunciados anteriormente y que la obra del escritor comparte. Como señala Adriana Valdés, la de Couve, “es una larga trayectoria narrativa que comienza y termina con libros vinculados al fragmento”.
Adolfo Couve nació en Valparaíso en 1940, en plena segunda guerra mundial. Estudió en el colegio San Ignacio de Santiago, donde nunca se sintió a gusto. Para él, era fuera de este lugar donde estaba el verdadero aprendizaje, en el conocimiento de que existía pobreza y dolor ajeno. Posteriormente, afirmará que la calle y el cine fueron su verdadera escuela.
El año 1959 entra a estudiar a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, institución que tendrá gran importancia en su vida, pues nunca más se alejará de este lugar, hará clases de pintura y teoría del arte hasta la fecha de su muerte.
A pesar de estar muy bien considerado dentro de sus pares, y de él mismo reconocer su talento como pintor, a finales de la década de los sesenta entra en una profunda crisis que lo llevará a quemar gran parte de sus trabajos de aquella época. Se cuenta que mientras realizaba esta quema, pronunciaba duros comentarios acerca de la inutilidad de la pintura y de la superioridad de la fotografía, el cine y la televisión. Este acto demuestra el sentir profundo que agobió al artista gran parte de su vida: siempre al límite de la frustración respecto al arte y a sus propias capacidades, así como el cuestionamiento permanente a que sometía ambas cosas. Vendrá un periodo de diez años (1973-1983) en que dejará de pintar. Durante esta etapa se dedicó exclusivamente a la escritura -labor comenzada cerca de 1969 cuando empezó a escribir El picadero- y a sus clases de teoría.
En 1984 retomará los pinceles, sin embargo nunca adherirá a la vanguardia que por esa época se daba lugar en Chile. Su pintura, al igual que su literatura se desarrolló al margen de las tendencias mayoritarias. En concordancia con esta actitud, en 1987 se va a vivir a Cartagena, lugar que será tema constante tanto de su pintura como de su escritura, y en el cual permanecerá hasta el final de sus días. Desde esta época en adelante desarrollará de forma paralela su labor de pintor y escritor.
Durante 1992 Couve comenzará una obra que le demoró tres años y medio, en los que hace y deshace párrafos, corrige y borra. Es así como en 1995 aparece La comedia del arte.
Durante los primeros días de enero de 1998 pintó sus últimos cuadros. Estas obras -una copia de un autorretrato de Rembrandt y la figura de una niña hija de unos vecinos- son totalmente nostálgicas y sombrías, reflejo fiel del ánimo que por esos días inundaba al artista. Entra en un profundo estado de depresión y angustia, que termina el 11 de marzo cuando decidió poner fin a su vida.
Adolfo Couve nunca estuvo alejado del arte, éste era parte inherente a su persona, dedicando su vida a la pintura y la escritura, que en su creación siempre fueron de la mano. El desarrollo de una se veía reflejado en la otra, y ambas se influenciaban mutuamente. El arte lo apasionaba de forma profunda y no sólo como creador, sino también como teórico que reflexiona sobre su propia obra y sobre el arte en general.
Ejemplo claro de lo anterior es que a modo de tesis de su licenciatura de Teoría e Historia del arte, presentó su novela La lección de Pintura con una breve introducción. Como queriendo decir que toda su meditación sobre el arte estaba inserta en la novela misma y no eran necesarias palabras extras. Es interesante notar que las opiniones ofrecidas por él mismo respecto a esta obra coinciden sorprendentemente con lo que podría enunciarse respecto a La comedia del arte, novela escrita muchos años después. A través de sus palabras se puede apreciar el gran influjo que la pintura ejerció en su creación literaria. Respecto a aquella novela dirá que el tratamiento que le dio al lenguaje: “ha sido llevado, en atención al tema, a una identificación con la imagen...existe una estrecha relación entre lo que la novela plantea y el modo como ella se resuelve”. La forma está vinculada con lo que Couve quería plantear en la novela a modo de advertencia sobre la difícil crisis por la que pasaba la pintura, ante la cual el texto “intenta dar un modelo a los pintores, una posibilidad, al obligar al lenguaje, a la acción e incluso a la atmósfera, a relacionarse de manera eficaz con la parte visual, sin apartarse por ello del mensaje de la trama, y sobre todo, jamás de la naturaleza”. Para Couve la novela misma es una especie de cuadro, un tanto estático en su desarrollo. A él no le resultaba extraño que un arte acudiera en ayuda de otro cuando uno de ellos se veía desvirtuado.
Su filiación a la escuela realista fue expuesta por él de forma constante. Decía que consecuentemente con el realismo, lo que él quería lograr en sus obras, pinturas y cuadros, era “traducir la realidad”. Dentro de este marco puede entenderse que su prosa haya sido calificada como “flaubertiana” e “intemporal”. El realismo era en Couve un sentir profundo, pues dentro de esa escuela encontraba cabida a sus ideales estéticos “siempre he mirado el arte de la prosa como un desafío de exactitud, donde el contenido y el lenguaje deben restringirse en beneficio de un todo armónico, que intente la controvertida belleza”. Admiraba la prosa de los escritores franceses del siglo XIX, no sólo la forma de su escritura, sino también su especial sentido del humor, que los llevaba a mofarse de situaciones y personajes cotidianos, demostrando en el fondo un gran amor por ellos. De esta forma se explica también su comentado anacronismo, pues a él no le interesaban las vanguardias ni las modas, simplemente quería lograr “una prosa depurada, convincente, clara, distante, impersonal, unos renglones donde tuviera que corregir y corregir”.
Couve reconoció haber sido un escéptico y vivido en total precariedad en materia de creencias. Tanto así, que necesitaba forzosamente encontrar algo que le diera un sentido a su vida: “eso lo encontré en la literatura y especialmente en la descripción realista porque ahí se acaba el yo y como yo no me quiero mucho, si dejo de ser yo, empiezo a poder estar vivo. Si describo creo una realidad paralela en cuyo estricto código me puedo sostener”. A tal grado llega la importancia que la escuela realista y la literatura tuvieron en su vida, constituyéndose por tanto, en una forma de sobrevivencia.
La influencia que tuvo la pintura en la escritura del autor ha sido señalada por muchos críticos, aunque casi siempre como comentarios al pasar, que no ahondan en el tema. De todas formas resulta importante rescatar alguna de estas opiniones.
Ignacio Valente, refiriéndose a La lección de Pintura dirá que “Desde el comienzo se hace notar la condición de pintor de Couve, perito en descripciones minuciosas de carácter plástico, que alcanzan en la palabra una aguda evidencia visual”. José Luis Rosasco señalará que “su capacidad de visiones plásticas enriquece de manera indiscutible su prosa”. Adriana Valdés confesará “me persiguen, cuando pienso en la literatura de Adolfo Couve (no en su pintura que es otra cosa) ciertas analogías pictóricas”. Importante es la afirmación de Claudia Donoso, en relación a la fuerte influencia de lo visual en las obras del escritor. Para ella, cuando se leen las novelas de Couve el lector “Ve todo. Tema argumento y personajes se acoplan en escenas que se montan, unas sobre otras, como tomas perfectamente engarzadas”. Alejandro Zambra pondrá la atención en un importante rasgo de la narrativa de Couve: “una descripción depurada, intensa, a veces velada del paisaje (hay instantes en que los trazos se pierden por exactos y devienen puntos: hay que alejar la página para leer)”. Un artículo del Mercurio de Valparaíso señalaba “Sus escritos son equiparables a su trabajo plástico. Ambos realistas, tendientes a la síntesis, al arquetipo, a la verdad esencial, se hermanan a tal grado que resultan inseparables en su valor”. El escritor argentino César Aira, para quien Couve representa el gran valor de la literatura chilena contemporánea, dirá que en La comedia del arte los personajes “saltan del lenguaje a la pintura y escapan también las leyes de la evolución realista”.
El propio Couve reconoció que conjugar pintura y literatura fue el gran dilema de su vida, “sin embargo, se ha favorecido una con otra, sobre todo la literatura, ya que me interesa mucho la descripción exacta. Sin ella la ficción no se hace creíble, porque hay que mostrar el escenario donde van a ocurrir los acontecimientos”.
La obra de Couve es reducida. Consta de una docena de pequeñas novelas, su Narrativa Completa no supera las quinientas páginas. Sus textos están centrados en personajes comunes y corrientes, los “don nadie” por los que el autor sentía gran admiración. Las acciones y espacios en los que se desenvuelven comparten su mismo estatuto. En los relatos de Couve importa tanto lo que dice como lo que no, revelando que la realidad esconde o protege otra cosa, de aquí la tensión que el lector puede percibir en los ambientes creados por el autor. La cotidianeidad parece siempre estar amenazada con romperse por la aparición de un orden distinto. Ya sea por la liberación natural de las pasiones que muchas veces son contenidas por sus personajes, ya por la aparición de un orden sobrenatural, como sucede en La comedia.
Resulta importante notar el siguiente aspecto: en gran parte de su obra es posible encontrar temas relacionados con el arte, y en especial personajes que de una forma u otra se vinculan con el mundo de la pintura. Hay pintores (Camondo aparece en Balneario y en La comedia del arte), alumnos de pintura (La lección de pintura, Balneario, La comedia), modelos (La comedia)), alusiones constantes a pintores y cuadros conocidos (como Ingres, Rafael, Rembrant, Rubens, Tiziano; La ronda nocturna, El rapto de las hijas de Leusipo, etc.).
Queda así establecido que el camino a seguir para estudiar La comedia del arte, es el análisis de la relación entre literatura y pintura.


Izaskun Arrese Ortiz

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